Viajar por tus ojos

Aquella noche que vi Venecia en tus ojos me prometí que nunca más permitiría verte llorar. Te encontré completamente perdido, sólo y hablabas del amor con rabia como si se hubiese personificado y hubieses discutido con él.

Y es que para hablar del amor, tienes que estar enamorado o con el corazón roto y, no sé cual de las dos es peor. En su momento no lo entendí,  tu parecido a Roma era totalmente claro y preocupante. Estabas en ruinas. Y no encontraba la forma de reconstruirte.

Sabía que aún llevabas sus besos tatuados en tu espalda, pero no tenía ningún problema en borrarlos si tú querías. Y no era tarea fácil, porque cada detalle o gesto te recordaba a ella, cada canción o cada bar de Madrid te recordaba a ella. Y no querías salir de allí.

Me costó la vida. E incluso había noches en las que mi cabeza solo había recuerdos, dudas, tequila que ya había subido y miles de ideas para mandarte a la mierda. Pero luego me despertaba al día siguiente y el dolor del corazón superaba al de cabeza.  Y por ello, nuevamente,  volvía a querer luchar por ti. Porque no quería volver a ver Venecia en tus ojos, aunque ahora la sintiera en los míos.

Finalmente,  los planetas se alinearon y cambiaste los silencios por miradas, las lágrimas por cosquillas y los vacíos… por mi. No sabes qué sensación tan especial es la de sentir que todo el esfuerzo ha merecido la pena y que por fin valores todo lo que he intentado hacer por ti en este tiempo. El día que me dijiste que me querías me sentí más alto que el mismísimo Cristo Redentor y, esa misma noche… ardimos como Troya.

Sin salir de Madrid, hemos viajado a mil lugares y hemos sentido mil cosas distintas. Pero sin duda alguna lo que más me satisface es que por fin logramos abandonar la Venecia de tus ojos. Ahora cada noche antes de dormir paseo por el Sena tomando el aire fresco, visito los campos elíseos y luego te beso una y cien veces más en Notre Dame hasta llegar a la Torre Eiffel y tumbarnos en el césped a ver las estrellas. Porque gracias a dios, no hay noche que me vaya a la cama y no vea la inmensa luz que desprenden tus ojos. Esa luz que te hacen ser París.

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